Actrices por el cambio

Actualizado: 21 ago

Arte, empoderamiento y salud mental en adolescentes

Ricardo Galvez y Melissa Peschiera




Resumen

El arte posee un gran poder de cambio en la vida humana, tanto a nivel individual como social. Desde los inicios de nuestra historia, las diversas manifestaciones del arte han cumplido funciones estéticas, expresivas, comunicativas, espirituales, integradoras, heurísticas e incluso terapéuticas. Este artículo plantea que las prácticas artísticas con enfoque transformador, sobre todo las colectivas, favorecen el empoderamiento individual y comunitario, y pueden contribuir de manera significativa al desarrollo de la salud mental de jóvenes adolescentes. Para ello, el artículo se propone aportar a la reflexión sobre las múltiples relaciones entre arte, empoderamiento y salud mental, analizando la experiencia de dos adolescentes mujeres en el proceso de creación colectiva y puesta en escena de la obra teatral “La Escuela del Acoso”(Vichama Teatro, 2019, Lima, Perú).


“descubrir lo que uno es capaz de hacer(…) de crear. Yo no sabía que con mis pensamientos iba a crear algo, no sabía que podía hacerlo” Margareth, 17 años

Las artes cumplen múltiples funciones en la sociedad contemporánea más allá de su función estética, que aquí entendemos, desde la perspectiva de Sir Ken Robinson (2012), como aquella vinculada a producir experiencias y objetos que conmueven, emocionan e interpelan a las personas, conectándolas con sus sentidos y con la sensación de sentirse plenamente vivas (lo opuesto a una función anestésica). Hoy, las artes juegan un papel central en procesos de integración social, de cambio educativo, de activismo político, de participación juvenil, de empoderamiento comunitario y de promoción de la salud, entre otros. En este último campo, y específicamente en lo referido a salud mental, el aporte de las artes cuenta con evidencias cada vez más considerables que llevan a instituciones como el Arts Council de Inglaterra (2007) a afirmar que las artes son y deben ser asumidas como parte integral de la salud y de los servicios de salud.


Hasta aquí, nos referimos a “las artes” en un sentido amplio, aludiendo con ello a todo proceso en el cual las personas interactúan con piezas, experiencias u obras de arte, con disciplinas artísticas o con procesos creativos desde los lenguajes artísticos, tanto desde un rol espectador como creador y más allá de su contexto (académico, profesional, autodidacta, comunitario, etc.) e intencionalidad. Cada cultura otorga un determinado valor y jerarquía a cada práctica vinculada a las artes y no es objeto de este artículo discutir el lugar que nuestra sociedad le otorga a cada práctica artística. Nos interesa, más bien, resaltar el hecho de que las artes -los objetos artísticos, sus lenguajes y artistas-han irrumpido, en las últimas décadas y desde una multiplicidad de prácticas, en nuevos territorios, tradicionalmente considerados ”extra-artísticos”, y al servicio de propósitos cada vez más diversos (ver imagen 2 - Esquema - multiplicidad de prácticas artísticas).


Al interior de esa diversidad, este artículo busca explorar de qué maneras cierto tipo de prácticas artísticas, que hemos denominado prácticas artísticas colectivas con enfoque transformador, pueden contribuir a la salud mental de las personas. Para ello haremos conversar la teoría con el testimonio de dos mujeres adolescentes, Margareth y Noelia, quienes participan en Vichama Teatro, organización cultural comunitaria de Villa el Salvador (Lima, Perú), en el marco del proyecto Arte y Diálogo para la Paz.


Multiplicidad de prácticas artísticas y sus funciones


“Introducir los medios de arte en la vida no para hacer más arte, sino para hacer más vida”

A. Malraux


Para efectos didácticos, nos apoyamos en el siguiente esquema gráfico actualizado por Gálvez (2021) a partir de otro desarrollado por el mismo autor para la charla “Herramientas de arte terapia para docentes de escuela” en el marco del PASE (Programa de Artes en la Escuela) del Ministerio de Cultura (octubre, 2020). El esquema aporta una cartografía de diversas prácticas artísticas contemporáneas, enfocando aquellas que implican asumir un rol creador o “más activo”, y no las vinculadas al disfrute del arte como espectador o consumidor. El esquema propone dos continuos según las características de las diversas prácticas: 1) el eje individual/comunitario, que ubica a un extremo las prácticas centradas en el desarrollo personal y/o técnico de un individuo, y al otro aquellas centradas en el desarrollo social de grupos humanos; 2) el eje arte como medio/arte como fin, que coloca en un extremo las prácticas que buscan fines “extra-artísticos”, como la educación integral o el bienestar emocional (dos ejemplos de lo que aquí denominamos “arte transformador”) y en el otro, prácticas que no buscan otro desarrollo más allá del artístico o cultural (“el arte por el arte”).





Dado que el presente artículo busca reflexionar principalmente sobre el aporte de la práctica artística colectiva con enfoque transformador, el esquema resulta provechoso dado que se enfoca en aquellas prácticas más relacionadas a un rol activo, de creación o producción artística, y no en aquellas en las que uno se vincula con las artes desde un rol más cercano a ser espectador, como escuchar música o ver una película.


Consideramos bajo la noción de práctica artística transformadora o arte con enfoque transformador, a todas aquellas formas de hacer arte que buscan producir, de manera intencional, cambios al interior de un individuo (eje superior izquierdo) o de una comunidad o sociedad (eje superior derecho). Estos cambios pueden generarse en diversos ámbitos, como el educativo, clínico, social o político. En esta categoría incluimos, por ejemplo, la educación a través del arte (que propone los medios del arte como herramienta de desarrollo integral), los diversos tipos de terapias artísticas (que buscan el cambio individual o grupal mediante la experiencia artística y creadora), o el Teatro del Oprimido (que busca el empoderamiento comunitario de colectivos en situación de riesgo u opresión mediante la alfabetización estética que se concreta en una práctica colectiva -ética y estética- permanente de los mismos grupos).





En ningún caso se busca desconocer el potencial transformador propio de toda práctica artística: toda experiencia verdaderamente artística transforma a la persona en algún nivel. Sin embargo, consideramos necesario hacer énfasis en el potencial y la intencionalidad transformadora de aquellas prácticas que en el esquema se acercan más a lo que podemos definir como el arte como medio para lograr un objetivo “extra-artístico”, como por ejemplo podría ser la formación ciudadana. Parafraseando a Roitter (2009): el arte transformador tiene una particular potencialidad para generar espacios de participación a favor del debate democrático y para la construcción de la identidad cultural de diversos grupos, constituyendo además un modo alternativo de influencia en lo público.


Este artículo ensaya la hipótesis de que el arte transformador, de manera específica la práctica artística colectiva comprometida con procesos de transformación individual o social (no la esporádica ni centrada en el aprendizaje técnico) favorece el empoderamiento individual y comunitario, aportando a la salud mental de quienes la practican.


El arte como herramienta de salud mental

“Mira todo lo que yo he elaborado con mi miedo, con lo que he sentido. Con todo eso he podido elaborar algo grande, y me parece hermoso. Más allá de lo oculto u oscuro que era para mí. Transformar el miedo en algo más, algo que para nosotros puede haber sido oscuridad, para otros puede ser una luz.” Margareth, 17 años

Las prácticas artísticas nos acompañan desde épocas prehistóricas, muchas veces asociadas a rituales mágico-religiosos que, de alguna manera, ayudaban a brindar calma, equilibrio, control e identificación con un colectivo mayor a uno mismo (entre otros aspectos), a aquellos que las ejercían y a aquellos que las apreciaban. En ese sentido, Mc Niff (1992) rescata la tradición chamánica de recurrir a las artes como una forma de recuperar el alma, o como lo expresa Hilman (1999) con mucha lucidez, la idea es hacer alma, es decir, de recuperar la pasión, la vitalidad y el sentido de existencia de la persona y/o comunidad (Calderón y Vélez, citando a Hilman y Mc Niff, 2019).


Si bien el arte no plantea curar al ser humano de lo que pueda aquejarlo, “puede ayudar a humanizar los procesos de curación y los entornos en los que estos se desarrollan” (Belver, 2011). Encontramos entonces, que en la creación artística se generan ”prácticas de experimentación que participan de la transformación del mundo” (Rolnik, citada por Bokser, 2009), vinculando la construcción de hechos culturales colectivos con la producción de una memoria tanto individual como colectiva que opera hacia la transformación social y del entorno.




El psicoanalista Donald Winnicott planteaba una perspectiva un tanto más filosófica acerca de la salud mental, mantenerla y curar en ese sentido, señalando que: “la cura tiene que ver con la afirmación de la vida como fuerza creadora, con su potencia de expansión, lo que depende de un modo estético de aprehensión del mundo. Tiene que ver con la experiencia de participar en la construcción de la existencia, lo que —según el psicoanalista inglés— da sentido al hecho de vivir y promueve el sentimiento de que la vida vale la pena ser vivida.” (Rolnik, 2006).

Winnicott sostenía la creencia de que vivir en forma creadora representa un estado saludable de existir, en contraposición a vivir en forma de acatamiento o sometimiento a la sociedad (Lopez Romero, 2004), o incluso neutralidad, en donde no se explora esa fuerza creadora interior, ni esos pensamientos y sentimientos profundos muchas veces difíciles de acceder por estar albergados en el inconsciente. La práctica artística es capaz de conectar y ayudar a procesar esos pensamientos y sentimientos, lo que nos lleva a reinterpretar el mundo de diversas maneras, tomando postura o acción frente al mismo. Siguiendo esta misma línea, Belver (2011) plantea que el arte y los artistas “pueden contribuir, dentro de sus posibilidades, a hacer más llevaderas las condiciones de vida de muchas personas, proporcionarles medios para sentirse mejor consigo mismo, aislarse de ambientes poco agradables, adquirir autoconfianza, sentirse un poco más felices” a través de la exploración, expresión y comunicación de aspectos interiores de los que no siempre somos conscientes (Duncan, 2007; Marxen, 2013; Lopez Romero, 2004). Esto ayuda a la persona a conectarse mejor con su interior -relación intrapersonal-, sintonizando mejor con sus propias emociones, ideas y reflexiones para luego poder externalizar y poner en práctica mejores y más saludables relaciones interpersonales, soportadas en una comunicación más efectiva y constructiva.


Todo esto refuerza la idea de que las prácticas artísticas han sido incorporadas por muchos años dentro del abanico de actividades y opciones para tratar al ser humano en salud mental, aunque intencionalmente, esto no data de mucho tiempo atrás. Encontramos esfuerzos por 1) incluir al arte como una actividad o acompañamiento durante un tratamiento psicológico, psiquiátrico o médico, permitiendo un momento de calma y relajo, de reducción de barreras, o de rapport inclusive para generar una mejor conexión con el terapeuta tratante, como muchas veces se realiza en el tratamiento con niños; y del otro extremo, 2) la opción de realizar prácticas intencionales como la arteterapia, la cual, de acuerdo con Marxen (2013), es una técnica terapéutica que facilita la reflexión y expresión a través del contacto con -y participación de- diversos materiales artísticos, pudiendo aplicarse a cualquier persona sin importar la edad, a fin de tratar psicopatologías diversas así como situaciones sociales desafiantes. Hoy en día encontramos esfuerzos de arteterapia en hospitales, centros de salud mental, cárceles, escuelas regulares, centros de estimulación, centros cívicos, centros geriátricos, centros de educación especial, entre otros. Y podemos encontrar distintas variantes de arteterapia que oscilan entre a) sesiones clínicas individuales, b) sesiones clínicas en grupos cerrados o abiertos, y c) talleres, siendo estos últimos los más aplicados en contextos institucionales fuera de un marco clínico (como lo son centros culturales, museos, organizaciones comunitarias, etc.). “La ventaja de la arteterapia consiste en que se puede ‘hablar’ del conflicto sin hacerlo directamente, respetando así las defensas de las personas” (Marxen, 2013) y cuando es realizada en contextos seguros y confiables, favorece el desarrollo y crecimiento personal, aportando mayor bienestar a las personas (Dumas y Aranguren, 2013).


“Las terapias del arte se ocupan de encontrar un lenguaje que permita manifestar lo que no se puede expresar de otra forma y tienen el propósito de tratar problemas psicológicos, afectivos o sociales con la asistencia de un terapeuta artístico. Lo importante en la terapia es el proceso que utiliza la persona para comunicar su interioridad y esto trasciende lo puramente estético. Para entender mejor el aspecto comunicativo del arte, es preciso mencionar el aspecto catártico del mismo. Esta catarsis significa la posibilidad que nos brinda el arte de ser utilizado para acceder a la mente inconsciente de una forma que no es controlada por la razón.” (Romero, 2004)



La creación artística colectiva en entornos no clínicos


La Terapia de Artes Expresivas (TAE) surge el siglo pasado, en los setentas, en un proyecto que buscaba integrar diferentes modalidades artísticas (movimiento, música, plástica, drama, poesía) en al ámbito terapéutico. Con los años, la TAE se extendió a diversos campos, como el educativo, el organizacional y el comunitario, llevando el poder terapéutico y transformador de las artes, a diferentes contextos y disciplinas, por lo cual las TAE se conocen también como artes expresivas (Calderón y Vélez, 2019).


Las artes expresivas, reducen importancia al procedimiento de hacer terapia como tal (alejándose de la misma y su enfoque clínico) para priorizar la expresión artística y el desarrollo creativo (Marxen, 2013), es decir, se genera un proceso de conexión con el arte, con el fin de tratar diversos constructos personales y sociales, fuera del marco clínico. Consecuentemente, esto implica una forma alterna de proceder en el abordaje de esos constructos, procurando no profundizar demasiado ni hacer aflorar tantos aspectos o problemáticas personales individuales (como se haría bajo un marco clínico), “sin que eso suponga quedarse en lo superficial. Aunque no se trate verdaderamente de una terapia, para algunos participantes sí puede tener efectos terapéuticos” (Marxen, 2013).


Es precisamente este tipo de intervenciones la que revisaremos en el caso de Arte y Diálogo para la Paz, como presentaremos a continuación, apreciando lo que Bang y Wajnerman (2010) afirman cuando señalan que “la generación de procesos de creación artística colectiva contribuye a que las comunidades se constituyan en sujetos de transformación de sus propias realidades”, y que:

“(…) la construcción colectiva de una obra prepara al colectivo para afrontar sus necesidades en forma conjunta. Este proceso sería resultado no sólo de las relaciones interpersonales que se establecen, sino de la participación en las diferentes tomas de decisiones por parte de sus miembros, en las que no sólo se tiene la posibilidad de reflexionar y decidir conjuntamente, sino que es el lugar privilegiado para la generación de parámetros compartidos”.


El potencial transformador de las prácticas artísticas es reconocido a nivel individual, grupal y comunitario en tanto fomenta la conformación de vínculos sociales solidarios, posibilita distintas perspectivas a nuestras propias experiencias y lo que ocurre en nuestro entorno, ayuda a canalizar deseos así como necesidades compartidas, actuando como un “promotor de participación comunitaria, transformador de representaciones e imaginarios sociales, y espacio de creación compartido que trasciende el mero discurso y obliga a poner el cuerpo en acción junto a otros” según señalan Bang y Wajnerman en su investigación conducida en 2010 acerca de la importancia de la creación colectiva en las intervenciones comunitarias. Dicha transformación se va generando a través de tres etapas durante el proceso de creación colectiva: 1) transmisión, intercambio e incorporación de técnicas y medios según el soporte artístico a utilizar (poesía, pintura, danza, escultura, teatro, etc.); 2) producción de la obra y las decisiones colectivas que implica; 3) exhibición y circulación de la obra en la comunidad (Bang y Wajnerman, 2010).


En entornos comunitarios no clínicos, como el que analizamos en este artículo, podemos apreciar estas tres etapas como parte del proceso y efectos que pueden devenir. La transmisión, producción y exhibición fomentan y habilitan un diálogo para la alineación de expectativas y cocreación (trabajo en conjunto de los participantes), dentro de una comunidad creadora (en donde la vulnerabilidad se ve contenida gracias al sentimiento de pertenencia y red de soporte que se genera entre los participantes-creadores) favoreciendo la empatía e identificación con el grupo en la realización de la obra. Esto permite diseñarla en conjunto, intencionalmente y a satisfacción de los propósitos originales (de decidir hacerla), aportando diversas ópticas que se unen en un gran objetivo común de ilustrar su postura frente a una situación que consideran puede y debe modificarse, buscando generar una serie de reacciones en la audiencia.



Arte, empoderamiento individual y empoderamiento comunitario


El empoderamiento es un constructo cada vez más utilizado en diversos entornos sociales, el cual apunta a la capacidad del ser humano para asumir retos, responsabilidades y acciones frente a situaciones que demandan compromiso, autonomía e iniciativa. Podemos encontrar algunas definiciones que pueden ayudarnos en el presente artículo, como la de Kwon (2013, citado por Delgado y Humm-Delgado, 2017) que explica el empoderamiento como una “estrategia de autogestión para actuar en representación de uno mismo”. Asimismo, Delgado y Humm-Delgado (2017) añaden, que el “empoderamiento implica la voluntad por parte de la gente y las comunidades de utilizar su poder para obtener aquello a lo que tienen derecho dentro de la sociedad y a través de sus propias acciones”, lo cual implica cierto nivel de cambio y transformación, a nivel individual o inclusive comunitario. El empoderamiento ciertamente ayudará a enfrentar los desafíos internos y del entorno de manera más activa, más recursiva y con mayor perseverancia, en tanto reconoce la capacidad de uno mismo y la canaliza hacia la consecusión de objetivos que se van trazando, permitiendo lidiar con diversas afecciones, preocupaciones y problemáticas, así como aumentar las probabilidades de emerger fortalecido de las mismas, creciendo como persona y como sociedad.

Más allá de un empoderamiento individual que habilita a la persona para aprovechar los recursos propios y del entorno, encontramos particular interés en el poder de la práctica artística colectiva para favorecer un empoderamiento comunitario, en el sentido que proponen Cirado-Calí, Planas, Ribot-Horas, y Soler (2014), para quienes este tipo de empoderamiento “estaría formado por las nociones de empoderamiento vinculadas a la corriente pedagógica de la educación popular y las propuestas de Paulo Freire (1987, 1988), las mismas que apuestan manifiestamente por la toma de conciencia que invita a revisar las estructuras y el sistema establecido. También podríamos incluir las propuestas del enfoque feminista del empoderamiento de las mujeres, el cual implica tanto un cambio individual, como la acción colectiva y la apuesta por la modificación de las estructuras que reproducen la subordinación de las mujeres como género (Sen & Grown, 1988). Este enfoque del empoderamiento sugiere un incremento de poder, el acceso al uso y control de los recursos materiales y simbólicos y la participación en el cambio social. Tiene un carácter holístico o multidimensional que implica la superación de desigualdades o déficits a partir de un proceso de transformación y de superación de la opresión (Maton, 2008).”


Consideramos, entonces, que el empoderamiento aporta a la salud mental en tanto favorece la visibilidad de la propia responsabilidad y posibilidades de acción para mejorar la realidad desde el entorno y desde la vivencia de la misma. En ese sentido, las artes expresivas contribuyen al establecimiento de metas (buscando mejorar aquello que se vive), al desarrollo de un sentido de control (siendo agentes del propio destino, y no conformarse siendo espectadores), de posibilidad de acción, y por ende, de empoderamiento (Dumas y Aranguren, 2013). Considerando la fragilidad de los vínculos que vivimos en las sociedades modernas, así como la desarticulación de espacios de organización comunitaria, Bang y Wajnerman (2010), tras su investigación, concluyen que “la generación de procesos de creación artística colectiva contribuye a que las comunidades se constituyan en sujetos de transformación de sus propias realidades”, tomando un rol de gestores o agentes de cambio, en contraposición con un rol de personajes neutrales o pasivos, rol que nos aleja del desarrollo personal y social al limitar la posibilidad de moldear nuestro entorno (como la sociedad) para convertirlo una mejor versión de lo que queremos para vivir.


Actrices por el cambio: La experiencia en “La escuela del acoso”

“Entendimos con la práctica que el teatro no era ajeno a lo que te rodeaba; era algo que construías desde ti mismo, desde ti misma y era algo que querías hacer para cambiar algo; era algo que motivaba” Noelia, 20 años

Arte y Diálogo para la Paz es una iniciativa de la organización ProDiálogo (Lima, Perú), que promueve espacios y procesos de diálogo (expresión y comunicación efectiva) a través del arte, a fin de fomentar paz, armonía y una sana convivencia en la sociedad. El proyecto trabaja con organizaciones culturales comunitarias y escuelas para generar condiciones favorables con el fin de que adolescentes y jóvenes puedan fortalecer competencias socioemocionales y ciudadanas, convirtiéndose en actores y productores de una cultura de paz.



Para este artículo desarrollamos dos entrevistas a profundidad con dos adolescentes participantes del proyecto Vichama Teatro, una de las organizaciones culturales que participan en el proyecto Arte y Diálogo para la Paz: Margareth (17 años) y Noelia (20 años). Las entrevistas buscaron explorar: a) qué cambios se han producido en ellas a partir la práctica artística de la actuación y creación de obras teatrales, enfocándonos en la obra “La escuela del acoso”; b) si estos cambios han aportado a su bienestar y/o salud mental; c) qué factores dentro de la práctica artística han permitido estos cambios.


“La escuela del acoso” es una obra teatral creada y exhibida en 2019, protagonizada por adolescentes mujeres y hombres de Vichama Teatro. En ella, se abordaba y cuestionaba diversas dificultades, presiones y riesgos que viven día a día las mujeres [adolescentes] en nuestra sociedad actual, así como presiones sobre los hombres por “ser machos” y desplegar comportamientos violentos. La obra buscaba mostrar estereotipos de género en lo cotidiano, fomentando la reflexión sobre su impacto en nuestra sociedad, el cual afecta directa e indirectamente a todos sus actores en distintas situaciones, y que a pesar de ello, estas situaciones se han venido normalizando (generando costumbre y minimizando el cuestionamiento) pero que no por ello deben ser aceptadas. En las palabras de Margareth, el mensaje apuntaba a decir: “mira lo que yo tengo que hacer para evitar que tú me hagas esto [lastimarme] a mi”.


“La escuela del acoso” nació a partir de reflexiones sobre experiencias personales de los y las adolescentes que participaban en Vichama Teatro, dentro de ejercicios de expresión y reflexión, identificando aspectos que los aquejaban en común y que necesitaban abordar y tomar acción. La posibilidad de tener un espacio en común para expresarse, compartir y levantar cuestionamientos favoreció mucho la cohesión del equipo de participantes, facilitando los procesos de intercambio de ideas y producción de la obra. Citando a Noelia, a través de la producción y ejecución de la obra, aprendió “que no estamos solas”, que lo que una persona ha vivido, otras también, que se pueden intercambiar pensamientos al respecto, como resalta Margareth, y más aún, que se pueden tomar acciones. Noelia comenta:

“Nos dimos cuenta que todas las 30 mujeres que estábamos ahí, todas alguna vez habíamos sido acosadas (…) Es algo que te toca porque tienes esa empatía con la otra compañera, de que ha pasado por lo mismo que tú y se ha sentido como tú.”
“Yo siento un espacio de libertad, porque no hay espacios para hablar sobre estas problemáticas, son poquísimos. Cuando tienes la oportunidad de poder decir algo que guardas dentro y hacer algo para sanarte, en este caso es la escena, es el teatro, pues es una sensación maravillosa. Entonces, cuando todas podemos decir eso, (…) expresarnos sin miedo a ser recriminadas, hay esa libertad.”

Una escena en particular que impactó a ambas actrices desde su concepción y puesta en marcha, fue la satirización de la lista de mandatos sociales que una adolescente mujer debe seguir al salir de casa. Consiste en una serie de aprendizajes que alcanzaron y atesoraron las protagonistas desde niñas, “para evitar ser acosadas en la calle”. “Miren lo que dice aquí, lo escribí cuando estaba en el colegio, dice ‘no caminar por la calle sola’, y aquí dice ‘que debemos llevar algo holgado’, y acá ‘mirada seria’.” La lista continua, revisando de manera picarezca sus aprendizajes en una lista que mide quizá más de 5 metros, con la cual se van enredando, a fin de no olvidar nada antes de salir. “[Al llegar el taxi] tenemos que apuntar la placa, y ver que alguien te espere en tu punto de llegada; y si el taxista te habla, invéntate una personalidad falsa (…) que tu mamá es abogada, y tu papá es militar, (…) mantente alerta, (…) no te emborraches, no uses escotes, (…) no te pongas guapa, (…) y si nos pasa algo, será nuestra culpa”, todo para recordar que tan solo iban a comprar pan. Si bien se apoyan del humor para expresarse, los contenidos son serios, provienen de aprendizajes reales que todas las participantes de la obra han desarrollado a través de sus vivencias y frustraciones, y de una problemática social que hoy en día sigue afectando algunos de los derechos más básicos del ser humano. La posibilidad de compartir y co-crear a través de Vichama Teatro les dio la oportunidad de cuestionarse aspectos reales que damos por sentado, y plantear alternativas, recordando y fortaleciendo su voz, buscando que las propias protagonistas se empoderen y como dice el rap final (el cual Noelia recuerda con mucho orgullo): “la chica que callaba ahora va a hablar, reclamar, protestar y hacerse respetar”. La exihibición de esta obra pone de manifiesto las dificultades que se atraviesan, no solo hacia quienes la elaboraron (generando un sentido de solidaridad y compañerismo al encontrar empatía), sino hacia la comunidad como audiencia, a fin de hacer resonar su voz de cambio.



La práctica artística de hacer teatro, en donde se elabora un historia o situación a representar, un guión, una secuencia (inicio, desarrollo, desenlace) y personajes, a partir de la creatividad y experiencias activadoras (o inspiradoras) de los participantes involucrados en la creación, según Bokser (2009), es una manera de “enunciar preguntas y de intentar responderlas. De ese modo, el teatro participa de la construcción de sentido y de la producción de conocimiento sobre la época. El fenómeno teatral no se termina con lo que ocurre arriba del escenario, también incluye a las múltiples afectaciones y versiones de cada concurrente. El teatro funciona como un disparador, sus efectos no están predeterminados ni podrían tampoco estarlo.”


Esta posibilidad habilita un importante rango de acción a sus creadores, así como a quienes interpretan la obra: trasladando sus pensamientos y sentimientos a los participantes de la puesta en escena, con quienes se genera diálogo, debate, y construcción de ideas; generando un impacto en su audiencia, quienes reacionan y/o hacen eco a sus pensamientos y elaboraciones, así como descrubren lo que sus creadores se sentían y sienten frente a un tema en particular; y además, amplificando su voz, dotándola de fortaleza y efectos que potencian lo que una sola persona podría haber planteado sola.


A partir de que ambas pudieron participar de un espacio artístico teatral comunitario, y en especial de esta obra que tocó experiencias personales en cada una, Noelia y Margareth encontraron aspectos beneficiosos a nivel de salud mental tanto individual como colectiva, en tanto identificaron posibilidades como: 1) compartir lo que pensaban, sentían y les preocupaba, pudiendo descargarse y liberar un peso de encima; 2) encontrar, al expresarse, que a otros les sucede cosas similares, pudiendo intercambiar pensamientos y sentimientos, logrando sentirse entendidas y al mismo tiempo sensibilizarse con otros; y 3) ante toda esa expresión, encontrar maneras de resolver las dificultades, buscando alternativas, pensando en conjunto con otras personas que viven lo mismo, tomando decisiones a favor de la expresión artística que realizarán frente a su audiencia. Este proceso de expresión visibiliza una gran oportunidad: la posibilidad de cambiar la realidad, es decir, de modificar el entorno así como aspectos en uno mismo para poder mejorar una situación (desplegando acciones intrapersonales e interpersonales al propiciar la conversación entre quienes participan en las obras y quienes las aprecian en la exhibición), o mantener la situación como está. Se visibilizan opciones que uno puede activar, y que, incluso si uno decide no hacer algo al respecto, es decisión consciente de uno, asumiendo un rol más activo en la sociedad, al identificar el poder y magnitud de sus acciones.


Participar de la creación y puesta en escena de una obra como “La escuela del acoso” plantea desafíos en la medida en que uno se confronta con elementos que se encuentran filtrados por presiones y riesgos sociales, requiriendo evocarlos, manifestarlos y esforzarse por darles forma para que otros los comprendan y se sensibilicen con ellos. La posibilidad de trabajar colectivamente en un entorno en el que todos se plantean cuestionamientos, evocan y aprenden a escuchar a los demás -despojándose de individualismos o egosimos a fin de conectar y comprender a los demás, fomentando una cultura de solidaridad y empatía, como ocurrió según señala Noelia; compartiendo y llevándose algo de los demás para si misma, como a su vez señala Margareth-, en donde todos tienen la posibilidad de aportar y compartir, favorece la generación de un espacio seguro y libre, lo cual es fundamental para que el proceso de creación fluya, propiciando el autodescubrimiento y autoconocimiento. Tanto Noelia como Margareth refieren que explorar y aprender lo que uno es capaz de hacer sin frenarse por el “qué dirán”, sino buscar mejorar, brinda una sensación de empoderamiento que impulsa una mejor valoración de uno mismo, así como la toma de decisiones, acciones y desarrollo de seguridad, libertad y asertividad para enfrentar desafíos en la vida.

Inicialmente, ambas actrices se involucraron voluntariamente en Vichama Teatro, esperando desarrollar su capacidad de expresión, así como saciar su curiosidad por pertenecer a un grupo teatral. Sin embargo, en el tiempo fueron descubriendo un mundo mucho más amplio y lleno de posibilidades de acción, favoreciendo que adoptaran una mirada más crítica de la realidad, pensando más allá de si mismas, adquiriendo una voz cada vez más asertiva, reconociendo que podían impactar en otros e iniciar el cambio, así como dejando de lado la sumisión o pasividad. Ambas reflexionan que han adquirido mayor seguridad personal y fortaleza, han encontrado herramientas de diálogo. Noelia comenta:

“Ves el mundo de una manera totalmente distinta, porque dejas de ser como un ciudadano, una ciudadana pasiva que ve y acepta todo lo que pasa en la sociedad, sino te conviertes ya en una actriz por el cambio (…) eso te motiva a manifestar las problemáticas que ves, sin miedo”.

Ambas actrices, reflexionando sobre los efectos de su participación en prácticas artísticas como la obra “La escuela del acoso” y Vichama Teatro en general, resaltan lo beneficioso que ha sido para ellas, reconociendo un cambio importante en sus vidas a partir de estas experiencias. “Yo creo que a través de los talleres buscábamos ese espacio de sanación para cada uno y para cada una. Yo sí creo que el teatro puede ayudarte en el tema de la salud mental”, comenta Noelia, señalando que el teatro favorece retirarse las gafas que en ocasiones nos colocamos por conformismo social, y ver el mundo de otra forma, reconociendo que la sociedad no es perfecta y hay mucho que arreglar, y que como señala Margareth, se puede hacer en conjunto, teniendo un mayor impacto, despojándose de frenos y afrontando la realidad con mayor iniciativa, libertad y seguridad.


AGRADECIMIENTOS

Noelia Milagros Ruiz Flores y Margareth Quispe Moreno, las actrices que inspiraron y ayudaron a moldear este artículo.


REFERENCIAS

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